El paraíso perdido
El paraíso perdido A lo que así Miguel: «Bien aborreces
A ese hijo, que al sereno estado de los hombres
Arrojó disturbio, pretendiendo someter
La libertad de la razón; sabe, sin embargo,
Que tras tu caída original la verdadera libertad
No existe ya, pues hermanada vive siempre
A la íntegra razón, y ser aparte no posee.
Si del hombre se oscurece la razón, o es ignorada,
De inmediato los deseos desmedidos
Y pasiones sublevadas toman el gobierno
De la mente, reduciendo el hombre a servidumbre,
Libre hasta ese instante. Así permite pues
En sus adentros que poderes reinen deshonrosos
Sobre, libre, su razón, Dios en justo juicio
Lo subyuga en lo exterior a crueles amos,
Que esclavizan a menudo inmerecidamente
Su visible libertad: tiranía la ha de haber,
Aunque nada de ello absuelva al opresor.
Pero a veces las naciones tanto decaerán
De la virtud, que es la razón, que no injusticia
Sino ley, y alguna maldición fatal adjunta,
De su externa libertad las privarán,
Perdida ya la interna: testigo el hijo irreverente