Paraiso perdido
Paraiso perdido El ardiente y destemido Serafín, que estaba solo,
En medio hostil, su réplica valiente calla:
»“Desterrado, ¡ay!, de Dios, oh Espíritu maldito
Que abandona todo bien; veo tu caída
Ya prescrita, y a esta turba desdichada envuelta
En tu fraude pérfido, contagio que propagan
Tu delito y su castigo: por lo tanto
Ya no pienses de qué modo el yugo quebrantar
De Dios Mesías: esas leyes indulgentes
No han de serte concedidas; otros estatutos
Contra ti se dictan sin posible remisión:
Ese Cetro Aureo que opugnaste
Es ahora Vara Férrea que herirá y quebrantará
Tu insumisión. Bien me aconsejas,
Pero no por tu consejo o amenazas vuelo
De estas tiendas condenadas; más bien temo
Que la cólera inminente, estallando en pura llama,
No distinga, pues espera pronto padecer
Su Trueno en tu cabeza, fuego que devora.
Quién te creó comprende entonces con lamentos,
Cuando sepas quién podría descrearte”.