Anos y leguas

Anos y leguas

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Realidad

Era una familia de Alicante; amistad lejana de la familia de Sigüenza. Se apartó Sigüenza a otras ciudades. Pasó el tiempo encima. Y ahora, con hijos ya criados, se abrazan a la sombra de la vid del portal. Ve Sigüenza el antaño desde su principio. Le parece sentir sus zapatos de párvulo que crujen en la grava del patio del colegio.

—Era un patio blanco, duro, entre paredes con ventanitas de cocinas, de despensas, de alcobas. Junto a un pozo salobre subían dos palmeras lisas, solteronas, muy altas, muy altas, para llenar sus copas de sol, sol de invierno que se quedaba en los palomares, en el espinazo de los tejados. «¿Te acuerdas de las dos palmeras encerradas?». Arriba no paraba el alboroto de los gorriones; abajo casi siempre había un chico pequeño de rodillas, de cara al pozo amargo, y se consolaba cogiendo hormigas de los troncos de las palmeras inmóviles. Las dos palmeras, las losas del pozo, las ventanitas con pañales tendidos, el sol muy pálido, muy cansado; las palomas, el cielo...

El amigo le dice que aún siguen las palmeras tan flacas, la querencia de los gorriones, el bullicio de los párvulos...

—Todo, todo lo mismo, menos nosotros...


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