Anos y leguas
Anos y leguas Tajos y gollizos; la soledad donde nada más llegaba el pastoreo. Lo último del puerto de Coll de Rates, Y la otra vertiente; el otro corte de luz; los otros confines; todo el viejo marquesado de Denia; sus valles de viña y olivar; sus ramblas como canteras de pasta de alfarero con umbrías de cactos, de mirtos, de adelfos, de higueras; sus arrozales, sus costas, sus faros...; a lo último, el Mongó redondo y clásico, y después, toda la creación del mar.
Era preciso pararse. El silencio. Zumbido de haber callado todo, y la revelación de los ecos que estuvieron vírgenes hasta la estrena del camino.
Entonces, Sigüenza, por un furor de burla contra el fracaso de sus memorias, se puso a buscar palabras atroces, que precisamente por serlo harían resaltar la pureza de las resonancias y de los lugares. Y las gritó de dos silabas:
—¡Cha-rol! ¡U-jier! ¡Cuen-ta! ¡Sport-man!
En seguida de tres sílabas:
—¡Dic-ta-men! ¡Mé-to-do! ¡Viz-con-de! ¡De-fi-nir!
Luego de cuatro:
¡Pro-vi-sio-nal! ¡Di-pu-ta-do! ¡Dis-tin-gui-do!
Y hasta fórmulas de cortesía, como:
—¡Muy-se-ñor-mío!
