Anos y leguas

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TOCAN A MUERTO

¡Tocan a muerto! El claror que pasa por los postigos todavía tiene la palidez fresca de la madrugada.

Pero ¡tocan a muerto!

Y Sigüenza brinca de la cama.

Es viernes; y el lunes, en un atajo, encontró al barbero del lugar que iba de jornada de quijales, de masía en masía; y Sigüenza le dijo:

—¡Aquí no hay entierros!

—Aquí, sí, señor, que hay; cinco o seis por año, de los viejos que se van muriendo poco a poco.

—¿Y cuántos viejos quedan ahora?

El barbero se puso a cavilar, y fue recordándolos por el apodo y por el mal que padecían.

Pues uno acabaría de morir. Y Sigüenza se lava y se viste a puñados.

Tocan a muerto. Algunos sones se quedan balbucientes en los labios de las campanas; otros, vuelan con temblor de murciélagos en torno de la parroquia; otros, salen anchos, claros, enteros.

Sigüenza corre rasgando un viento velludito de humedad. No es temprano; es que el día no puede crecer porque se topa con el techo de un nublado fosco. Detrás de las sierras rueda la tronada blandamente, con llantas de nubes hinchadas, algodonosas que, lejos, se deshilan en lluvia perpendicular y azul.


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