Anos y leguas
Anos y leguas A los lados del camino suben amargenándose bancales gruesos de olivar. Olivos de corpulencias amontonadas, y arrancándoles un poco de piel de la soca salta el unto y olor de aceite. En la plata tierna de las copas circula el aire azul. Hay una llenca casi plegada por el arado. El jornalero que está labrándola deja el vaho de la gleba caliente; las patas de la mula sacan un reborde de costra mollar. La reja va esculpiendo, virginalmente siempre, la besana.
Arranque de alegrÃa en Sigüenza. Le pide la mancera al jornalero y se pone a labrar. La mula vuelve sus ojos gordos de lumbre negra; el mazo de crines de su cola rebrilla de anca en anca. Nada de franciscanismo, sino juramentos y tirones de la ramalera. Y la mula ha de obedecer. Aquello que va detrás es un amo. Amo nuevo, pero amo implacable. Y el forcat se mueve rajando la corteza, descuajando la grama. Amo y buen labrador. ¡Cómo hinca ese hombre la esteva y cómo cruje recóndito el dental! Rasga la carne honda y ciega del mundo y entra la luz a las entrañas apretadas y frÃas. Demasiado Ãmpetu.
