Anos y leguas

Anos y leguas

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Después del Paraíso

Al salir Sigüenza de su albergue halló un rogle de primeros hombres: leñadores, labradores y el molinero. Bajaban los costales de trigo de las acémilas, los mulos de oreja pequeña y ávida, de ojos gruesos y espléndidos, que removían sus crines ardientes y su piel sudada para quitarse las centellas de los tábanos.

En lo profundo del pinar croajaban los cuervos. Por las cuestas de sol venían los ganados al regosto de los nogales.

Descargada la recua, se puso la gente a fumar en el safarich, riéndose de oír a un trajinero tuerto que se sacaba de su pana, con golpes de ramal, las costras de tierras y harinas. Era todo pliegues y botanas y desolladuras de odre viejo, con un lado en la sombra de su ojo cosido.

—... El lladre del teniente nos llamaba hijos; venga de decirnos hijos, y tenía mano de verdugo. No le tocaba ni una bala de faccioso. Y yo me dije: «¡De mí no te escaparás!». No se me escapó una noche que nos embistió la facción. Me puse de través, y de un tiro le partí un hombro. A los dos meses volvía de capitán. —¡Aquí me tenéis, hijos! Y el bigardo nos mataba de trabajo y de hambre. En el primer fuego, yo y otro de Famorca le arrimamos una descarga en el llomello. Vino de comandante. ¡Y si le atinamos más, nos lo traen de Brigadier!


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