Anos y leguas
Anos y leguas Va destilándose el día por las bóvedas y vigas del pinar. Enebros y madroños maduros. Olor de germinaciones. Hilos de luces. Pasan las arañas por sus colgadas veredas; palpitan en el centro de sus ruedas de plata. Los aviones de las libélulas se tienden y vibran cogidos al temblor de una gramínea; se ve ondular su vida, ensortijada de verde, de rojo, de negro. Desaparecen y vuelven a la misma brizna. El cántico de un pájaro invisible traspasa la honda frescura del bosque. La inmensidad y la eternidad en su breve y encendida vida. El cántico de un avecita del cielo sumergió en un éxtasis de siglos a un santo anacoreta. Sigüenza, transido oyéndolo, se apasiona más por la tierra.
No hay ejemplo ni libro que le comunique el desvío del mundo de las gentes con tan claro goce como el animado sosiego de los pinares, ese sosiego que contiene el prurito de que se nos acabe. Menosprecio y renunciamiento de todo desde aquí; y aquí se quedó hace veinte años este pinar.
Se presentó un mántido de color translúcido de cebada. Puso las manos juntas y devotas. Oscilaba en las ballestas de sus zancos. Iba volviendo con remilgos la miniatura de su cabeza, y paró sus tallados ojos en los de Sigüenza; y esa mirada, sin soltarse de la mirada del hombre, le vigilaba también los dedos.
