Anos y leguas
Anos y leguas En la hornacina de yeso de una ventana tapiada puso unos vasares de maderas para sus libros. Ahora iba escogiéndolos y colocándolos otra vez, dejando una tabla para el pote de yodo contra las picaduras de los insectos, las tenazuelas para las espinas del breñal, el cuenco de loza fresca del tabaco, el fanalillo con que alumbrarse de noche por la cuesta de la fuente...
Limpio y ordenado ya todo, sentiría Sigüenza un principio de vida disciplinada, un goce de estrenar una buena hora de trabajo, una claridad de promesas, delante de sí mismo y de los volúmenes y de las cosas en sosiego.
Su cuarto era pequeño y encalado; las sillas, de olmo con asiento y respaldar de esparto; la mesa, virgen, sin adobo de barniz, y en medio, un pichel de vidrio aldeano con rosas; el balcón, a la sombra de un ala palpitante del toldo, y un postigo con red metálica que dejaba pasar el oreo sin moscas. ¡Ni una mosca! Nada más una que se parara en las flores, en los libros, usándose el manto, latiéndole la trompa, mirándolo todo con sus ojos hinchados de color de café, una mosca le trastornaba el silencio y la quietud más que un grito.
Y estalló en el aposento un zumbido de furor. Una avispa. Una avispa golpeándose contra la mañana enrejada por la celosía de alambres.
