Anos y leguas

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EL SEÑOR VICARIO Y MANIHUEL

El señor vicario salió con Liso, su lebrel, una lámina roja que se alarga y se encoge galopando en el aire de la madrugada.

Desde la víspera sabe puntualmente la querencia y el itinerario de una liebre gorda, pasturada como un cordero, en los últimos bancales de sembradura de la sierra.

No pudo dormir el señor vicario. Mucho se ha encarecido el primor y regalonería de los capellanes para la mesa. Aquí no se trata de lo mismo. El señor vicario significa la alegría de la voracidad, ímpetu, grito de avidez; unanimidad química de todas sus células para engullir. Pero no es el hombre de las primeras edades ni de los confines vírgenes que come con ferocidad y por ferocidad, semejando enemigo de la res que le sirve de alimento. Tampoco el hombre que se refocila en los sabores, como si todos sus sentidos fuesen paladar. Es la salud, no la salud prolija, que parece llevada a nuestro lado en diálogo cominero, sino la salud concreta, rotunda, efigiada en la sangre y en el hueso. Mandíbulas encendidas. Vientre de un solo rasgo de comba como un pecho. Brío y exclamación y aclamación de sí mismo. Capacidad ancha, rodeada de sol de levante. Comer. Volver a comer. No había pecado más horrible que la mohína, ni desgracia peor que la desgana.


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