Semana Santa
Semana Santa Hoy, el Señor, deja también el refugio del hogar de Lázaro para ir a los Pórticos del Templo.
La casa de Lázaro, lisa, encalada, resplandece al primer sol del día; detrás, sigue el huerto de cercas blancas; salen los frutales juveniles y una vieja vid que ya retoña. Hay un almendro con el frescor de la pelusa verde, un verde recién cuajado que se transparenta todo y parece humedecido como después de una lluvia buena. Los manzanos, los ciruelos, los perales entreabren sus rosas de leche.
Sobre el azul resalta la aldea, esponjada, toda de vellones; el herbal, de jugo; los árboles como cristalizados en una salina. Y el Señor, que ya bajaba la gradilla del terrado, se descansa sobre el barandal de palmera, y sus ojos se sumergen en la derretida miel de la mañana.

La madre, y Marta y María, contemplan al Señor desde el cenáculo de la casa. Han llegado nuevas de asechanzas. Jerusalén urde la perdición del Rabbi. Adictos poderosos, como Nicodemus y Josef, que pertenecen al Sanhedrin, le avisan que se aparte de la ciudad que mata a los profetas. Pero los discípulos le aguardan; traen sus cayadas y se han ceñido ya el manto para caminar más aína.
