Semana Santa
Semana Santa «¿Quién es éste que trae sus vestiduras bermejas, como untadas de vendimia?… El lagar pisé yo solo; no hay hombre alguno conmigo; yo lo rehollé, y su sangre salpicó mis ropas».
Así entra el Señor en los atrios que retumban del trastorno de las ferias y de los romeros de la Pascua. Todos los caminos de Jerusalén vienen henchidos y tronadores de caravanas blancas, fastuosas, joyantes, como navíos gloriosos; caravanas foscas, de dromedarios flacos y peludos, de gentes mugrientas.

Jerusalén es oleaje y hoguera de sayales, de pieles, de gritos. Frutas en cuévanos, frutas en támaras, que evocan todo el árbol; cestos de peces, manojos de aves, urnas de bálsamos y resinas, ánforas de vinos, de aceites y mieles; temblor de blancura de recentales… Aromas, estiércol, razas y sol. Entre las almenas y torres pasan y vuelven las palomas, dejando una sensación de pureza y frescura en el azul seco, calcinado, de cielo de ciudad en colmo, sudada, clamorosa… Víspera de la preparación de los Azimos. El Señor y los discípulos hienden las multitudes. Pies, ancas, puños, gañiles de plebe apretada. Se atropellan, se rasgan, se llaman.
Y la voz del Rabbi se disipa en el estruendo de los pórticos. No la recuerdan, ni atienden. Se han hundido en un pasado de dos días los hosannas de los hijos de los hebreos.
