Semana Santa
Semana Santa Las iglesias se quedan solitarias. En los Monumentos hay algunos cirios apagados, porque se retorcÃan devorándose a sà mismos. Se aprieta el olor de cera derretida, de flores cansadas; se deshoja una rosa camal y zumba un insectillo. La urna del Sagrario exhala una pompa hermética de ara, de trono y de féretro. Un congregante abre la puertecita del claustro, y entra un deleitoso oreo y palpitan las luces, despertándose.
Los claustros, los jardines, aroman bajo la luna llena, la luna de GethsemanÃ.
… El Señor se angustia, acude a los discÃpulos, que ya se rinden con el sabor del vino de uva roja y de las hierbas amargas de la Pascua. Se aparta de ellos, se postra implorando, desfallece y está solo y triste hasta la muerte. Los mártires cristianos tendrán a Jesús para ofrecerle cada una de las convulsiones de su tormento, y su quejido les abrirá las puertas azules de las dulzuras eternas. El Señor vacila y le pide gimiendo al Padre que traspase de su boca el cáliz amargo; y la voz y los sollozos divinos se pierden en la soledad, porque, ¡a quién pasarÃa su cáliz, si hasta los discÃpulos duermen al amor de las oliveras húmedas de luna!
El Señor ha de aceptar su muerte. Y aparece en la granja el hijo de perdición.
Fue entonces la hora propicia; porque en estos tiempos, Señor, no te clavarÃan; ahora te dejarÃan morir solo, y quizá ya te negases a resucitar…