Semana Santa

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La ciudad, la obra de los hombres, y lo menos humano, te mataba.

En los senderos de las aldeas, de los bancales y de la montaña; en los campos de viña, en la ribera del Genezareth, vivías confiadamente. Para presentir un peligro te había de llegar la palabra de la ciudad o habías de volver tus ojos hacia el horizonte árido y duro que ocultaba a la ciudad que mata a los Profetas, la que tú quisiste proteger y transportar bajo tus alas, como hace el ave con sus crías recién nacidas.

Mañanas de los ejidos que huelen a tahona. Siestas en un hortal galileo; olor de verano bajo las higueras calientes. Tardes en los oteros; las gencianas, el cantueso, las alhucemas, los lirios perfuman la orla de la túnica. Noches de las orillas del lago; aliento de la sal. Estrellas; anchura callada. En aquel tiempo, Señor, ¿no se estremecían tus entrañas de hombre dentro de una llama gozosa que subía calentando las cumbres de tu divinidad? ¿No pasó delante de tus ojos una promesa de bien del mundo que tú modelaste, de la hermosura de los corazones, sin exigir el sacrificio de tu cuerpo? Te rodeaban las gentes creyéndote por amor, y en sus ojos tú veías el júbilo honrado del paisaje, una humedad de lágrimas que te pedían la gracia y la salud; bebían la presencia tuya. Casi ya sonreíste, mirando hacia tu Padre que está en los Cielos, y casi ya le dijiste, mostrándole a sus criaturas:


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