El Avaro
El Avaro CLEANTO.— Me complace mucho encontraros sola, hermana mÃa, y ardÃa en deseos de hablaros para descubriros un secreto.
ELISA.— Heme dispuesta a escucharos, hermano. ¿Qué tenéis que decirme?
CLEANTO.— Muchas cosas, hermana mÃa, envueltas en una palabra: amo.
ELISA.— ¿Amáis?
CLEANTO.— SÃ, amo. Mas, antes de seguir, ya sé que dependo de un padre y que el nombre de hijo me somete a sus voluntades; que no debemos empeñar nuestra palabra sin el consentimiento de los que nos dieron la vida; que el Cielo les ha hecho dueños de nuestros deseos, y que nos está ordenado no disponer de ellos sino por su gobierno; que, al no hallarse influidos por ningún loco ardor, están en disposición de errar bastante menos que nosotros y de ver mucho mejor lo que nos conviene; que debe prestarse más crédito a las luces de su prudencia que a la ceguera de nuestra pasión, y que el arrebato de la juventud nos arrastra, con frecuencia, a enojosos precipicios. Os digo todo esto, hermana mÃa, para que no os toméis el trabajo de decÃrmelo, ya que, en fin, mi amor no quiere oÃr nada, y os ruego que no me reprendáis.
ELISA.— ¿Os habéis comprometido, hermano mÃo, con la que amáis?
