El Avaro

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Escena II

CLEANTO.— Me complace mucho encontraros sola, hermana mía, y ardía en deseos de hablaros para descubriros un secreto.

ELISA.— Heme dispuesta a escucharos, hermano. ¿Qué tenéis que decirme?

CLEANTO.— Muchas cosas, hermana mía, envueltas en una palabra: amo.

ELISA.— ¿Amáis?

CLEANTO.— Sí, amo. Mas, antes de seguir, ya sé que dependo de un padre y que el nombre de hijo me somete a sus voluntades; que no debemos empeñar nuestra palabra sin el consentimiento de los que nos dieron la vida; que el Cielo les ha hecho dueños de nuestros deseos, y que nos está ordenado no disponer de ellos sino por su gobierno; que, al no hallarse influidos por ningún loco ardor, están en disposición de errar bastante menos que nosotros y de ver mucho mejor lo que nos conviene; que debe prestarse más crédito a las luces de su prudencia que a la ceguera de nuestra pasión, y que el arrebato de la juventud nos arrastra, con frecuencia, a enojosos precipicios. Os digo todo esto, hermana mía, para que no os toméis el trabajo de decírmelo, ya que, en fin, mi amor no quiere oír nada, y os ruego que no me reprendáis.

ELISA.— ¿Os habéis comprometido, hermano mío, con la que amáis?


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