El Avaro
El Avaro ANSELMO.— SÃ, hija mÃa; sÃ, hijo mÃo; soy don Tomás de Alburci, a quien el Cielo preservó de las ondas con todo el dinero que llevaba, y que, creyéndoos muertos a todos, durante dieciséis años, se disponÃa ahora, después de largos viajes, a buscar en el himeneo con una dulce y discreta persona el consuelo de una nueva familia. La escasa seguridad que para mi vida he podido apreciar si volvÃa a Nápoles me ha hecho renunciar a ello para siempre, y habiendo sabido encontrar medios de hacer que se vendiera allà lo que poseÃa, me he acostumbrado a vivir aquÃ, donde, bajo el nombre de Anselmo, he querido alejar de mà las penas de ese otro nombre, que tantos sinsabores me ocasionó.
HARPAGÓN.— (A Anselmo). ¿Éste es vuestro hijo?
ANSELMO.— SÃ.
HARPAGÓN.— Os emplazo entonces a que me paguéis diez mil escudos que me ha robado.
ANSELMO.— ¿Qué os ha robado él?
HARPAGÓN.— Él en persona.
VALERIO.— ¿Quién os ha dicho eso?
HARPAGÓN.— Maese Santiago.
VALERIO.— (A Maese Santiago). ¿Lo has dicho tú?
MAESE SANTIAGO.— Como veis, yo no digo nada.
HARPAGÓN.— SÃ. Aquà está el señor comisario, que le ha tomado declaración escrita.