El Avaro
El Avaro HARPAGÓN.— Valerio, ayudadme en esto. Veamos, maese Santiago; os he dejado para el último.
MAESE SANTIAGO.— ¿Es a vuestro cochero, señor, o vuestro cocinero, a quien queréis hablar? Pues yo soy lo uno y lo otro.
HARPAGÓN.— Es a los dos.
MAESE SANTIAGO.— Mas ¿a cuál de los dos primero?
HARPAGÓN.— Al cocinero.
MAESE SANTIAGO.— Esperad entonces, por favor.
(Maese Santiago se quita su casaca de cochero y aparece vestido de cocinero).
HARPAGÓN.— ¿Qué diantre de ceremonia es ésta?
MAESE SANTIAGO.— No tenéis más que hablar.
HARPAGÓN.— Me he comprometido, maese Santiago, a dar una cena esta noche.
MAESE SANTIAGO.— Aparte: ¡Gran maravilla!
HARPAGÓN.— Dime: ¿nos darás bien de comer?
MAESE SANTIAGO.— SÃ; si me facilitáis dinero.
HARPAGÓN.— ¡Qué diablo, siempre dinero! Parece que no saben decir otra cosa: ¡dinero, dinero, dinero! ¡Ah! ¡Sólo tienen esa palabra en la boca: dinero! ¡Hablar siempre de dinero! El dinero es su muletilla.
