El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ANTONIA (Dentro).— ¡Vaya, vaya, que no estoy para bromas! ¡Para serviros…! (Entra).
ARGAN.— ¿Qué era eso?
ANTONIA.— Vuestro médico, señor, que querÃa a todo trance tomarme el pulso…
ARGAN.— ¡Pero es posible, a los noventa años!
BERALDO.— Y ahora, querido hermano, puesto que el señor Purgon se ha enemistado contigo, ¿quieres que hablemos de la colocación de tu hija?
ARGAN.— No. Estoy decidido a meterla en un convento por haberse opuesto a mi voluntad. Veo claramente que hay unos amorÃos de por medio, y ella no lo sabe, pero he tenido conocimiento de cierta entrevista secreta…
BERALDO.— ¿Y qué? Aunque haya de su parte una inclinación, esto no es un crimen ni una ofensa para vos, puesto que no la conduce sino al honesto fin del matrimonio.
ARGAN.— He resuelto que sea religiosa.
BERALDO.— ¿Deseas complacer a alguien?
ARGAN.— Ya sé por dónde vas. Como le tienes ojeriza, crees que es mi mujer…
