El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ANGÉLICA.— ¿Tú crees que yo debiera mostrarme insensible a las ternuras de su pasión?
ANTONIA.— De ningún modo.
ANGÉLICA.— ¿Y no te parece a ti, como a mÃ, que algo de providencial, algo… dispuesto asà por el destino, en la forma imprevista de conocernos?
ANTONIA.— SÃ.
ANGÉLICA.— Y el hecho de tomar mi defensa sin conocerme, ¿no es digno de un caballero?
ANTONIA.— SÃ.
ANGÉLICA.— De un hombre generoso.
ANTONIA.— Conformes.
ANGÉLICA.— ¿Y la gallardÃa con que lo hizo?
ANTONIA.— Es cierto.
ANGÉLICA.— ¿Y es o no un buen mozo?
ANTONIA.— Sà que lo es.
ANGÉLICA.— Arrogante.
ANTONIA.— Sin duda.
ANGÉLICA.— Que en sus palabras, como en sus actos, tiene una distinción.
ANTONIA.— Seguramente.
ANGÉLICA.— Y ¿puede oÃrse lenguaje más apasionado que el suyo?
ANTONIA.— Es verdad.