El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ARGAN (Sentándose).— Ahora, hija mÃa, te voy a dar una noticia que seguramente te tomará de nuevas. Me han pedido tu mano. ¿Qué es eso?… ¿Te rÃes? Bien mirado, no puede imaginarse noticia más halagüeña para una joven… ¡Oh, naturaleza! Ya veo bien claro que no tengo para qué preguntarte si te quieres casar.
ANGÉLICA.— Mi único deseo es obedeceros, padre mÃo.
ARGAN.— Me complace esa sumisión. Hemos ultimado el asunto y ya estás prometida.
ANGÉLICA.— Acataré a ojos cerrados vuestra voluntad, padre mÃo.
ARGAN.— Tu madrastra pretendÃa que tú y Luisa, tu hermana menor, entrarais en un convento. Desde hace tiempo ése era su propósito.
ANTONIA (Bajo).— ¡Su razón tiene la muy bribona!
ARGAN (Continuando).— Por lo cual se negaba al ahora a autorizar este matrimonio; pero he logrado reducirla y dar mi palabra.
ANGÉLICA.— ¡Cuánto tengo que agradecer a vuestras bondades, padre mÃo!
ANTONIA.— Seguramente, ésta es la acción más cuerda de vuestra vida.
ARGAN.— Aún no conozco a tu futuro; pero me afirman que quedaré satisfecho y tú también.
