El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ARGAN (Consigo mismo, muy perplejo).— El médico me ha ordenado que pasee todas las mañanas, aquà mismo, en mi alcoba, de acá para allá, doce veces a un lado y doce al otro; pero se me olvidó preguntarle si los paseos deben ser a lo largo o a lo ancho de la habitación.
ANTONIA.— Señor… Ahà está…
ARGAN.— ¡Habla bajo, pécora! Me aturdes el cerebro, sin tener en cuenta que a los enfermos no se les puede gritar.
ANTONIA.— QuerÃa advertiros de que…
ARGAN.— ¡Qué hables bajo, te digo!
ANTONIA.— Señor… (Gesticula como si hablara).
ARGAN.— ¿Qué?
ANTONIA.— Os decÃa… (Hace como si hablara).
ARGAN.— Pero ¿qué es lo que dices?
ANTONIA (Alto).— Digo que hay ahà un hombre que quiere hablar con el señor.
ARGAN.— Que pase.
(Antonia hace señas a Cleonte para que se acerque).
CLEONTE.— Señor…
ANTONIA (Burlona).— No habléis tan alto, que le retiemblan los sesos al señor.
