El enfermo imaginario
El enfermo imaginario ARGAN.— Amor mío, te presento al hijo del señor Diafoirus.
TOMAS (Comienza una salutación que traía aprendida; pero se le va la memoria y se corta).— Señora: Con justicia os han concedido los cielos el nombre que tan claramente luce en vuestro rostro y que…
BELISA.— Encantada de conoceros.
TOMÁS.— Que tan claramente puede leerse en vuestro rostro… puede leerse en vuestro rostro… Vuestra interrupción, señora, me ha hecho perder el hilo.
DIAFOIRUS (A su hijo).— Reserva el discurso para otra ocasión.
ARGAN.— Hubiéramos deseado verte antes.
ANTONIA.— ¡Lo que os habéis perdido, señora…! ¡El segundo padre, la estatua de Memnón, la flor llamada heliotropo…!
ARGAN.— Vamos, hija mía. Enlaza tu mano a la del señor y dale tu palabra de esposa.
ANGÉLICA.— ¡Padre!
ARGAN.— ¡Padre! ¿Qué quiere decir eso?
ANGÉLICA.— Os ruego, por favor, que no precipitéis las cosas. Concedednos el tiempo necesario para que nos lleguemos a conocer y para que nazca entre nosotros la inclinación indispensable en toda unión.
