El enfermo imaginario
El enfermo imaginario BERALDO.— Ante todo, te ruego que me oigas con calma y sin que se te vaya el santo al cielo.
ARGAN.— Conforme.
BERALDO.— Que respondas acorde y sin exaltación a mis palabras.
ARGAN.— SÃ.
BERALDO.— Y que discurras sobre el asunto que vamos a tratar sin apasionamiento.
ARGAN.— SÃ; pero basta ya de preámbulo.
BERALDO.— ¿Cómo es que teniendo una buena fortuna y una sola hija —porque la otra es aún muy pequeña— quieres encerrarla en un convento?
ARGAN.— Porque, siendo yo el cabeza de familia, puedo hacer con ella lo que me dé la gana.
BERALDO.— Y ¿no obedecerá más bien a deseos de tu mujer? ¿No es ella la que te aconseja que te separes de tus hijas? Claro está que ella lo hace con la mejor intención y con el deseo de que sean dos excelentes religiosas.
ARGAN.— ¡Ya apareció aquello! Ya salió a relucir esa pobre mujer, a la que no puede ver nadie y a la que se culpa de todo.
