El Misántropo
El Misántropo ranza demasiado risueña que les presentáis, adhiere en torno vuestro sus asiduidades. Un poco más de restricción en vuestra complacencia, ahuyentarÃa a la turba de todos esos adoradores. Pero decidme, al menos, señora, ¿por qué prodigio tiene vuestro Clitandro la dicha de agradaros de tal manera? ¿En qué bases de mérito y de sublime virtud apoyáis en él el honor de vuestra estima? ¿Es con la larga uña que lleva en el meñique con lo que adquirió en vuestro ánimo la estimación que le adorna? ¿Os habéis rendido, como todo el gran mundo, al mérito resplandeciente de su peluca rubia? ¿Son sus grandes volados de encaje los que os lo hacen agradable? ¿Ha sabido hechizaros el conjunto de sus cintas? ¿Es con los encantos de sus amplios gregüescos con los que ha ganado vuestra alma al declararse vuestro esclavo? ¿0 su manera de reÃr y su voz de falsete supieron encontrar el secreto de conmoveros?
CELIMENA
¡Qué injustamente sospecháis de él! ¿No sabéis bien porqué lo considero, y que de acuerdo a su promesa puede interesar en mi pleito a cuantos amigos tiene?
ALCESTE
Señora, tened la entereza de perder vuestro pleito, y no halaguéis a un rival que me ofende.
CELIMENA