Tartufo
Tartufo CLEANTO: Sí; podéis creerme que todos hablan de ello y que el escándalo de este rumor no redunda en gloria vuestra. Muy a propósito, pues, os he hallado, señor, para deciros en dos palabras lo que pienso. Sin examinar profundamente el caso, póngome en lo peor y presumo que Damis, obrando mal, os haya acusado sin razón. Pero ¿no es deber cristiano perdonar las ofensas y extinguir en el corazón todo deseo de venganza? ¿Permitiréis que por vos sea un hijo expulsado de casa de su padre? Os digo otra vez, con franqueza, que no hay chico ni grande que no se escandalice. Creedme; pacificadlo todo y no llevéis las cosas al extremo. Sacrificad a Dios vuestra cólera y devolved al hijo la benevolencia del padre.
TARTUFO: Por mí, señor, de todo corazón lo haría; que no le guardo al joven rencor alguno. Se lo perdono todo, nada le censuro y quisiera servirle con lo mejor de mi ánimo. Pero el interés del Cielo no puede consentirlo, y si él vuelve a la casa debo salir yo de ella, porque tras su descomunal acción, todo trato entre los dos sería escandaloso. ¡Dios sabe lo que pensaría el mundo! Todo ello se tacharía de pura política; se diría por doquier que, sintiéndome culpable, fingía caritativo celo por quien me acusaba, y que mi corazón quería aprovechar esta coyuntura para poder reducir, con discreción, al mancebo a silencio.
