Los ensayos
Los ensayos b | He visto a muchos otorgar, con su muerte, buena o mala reputación a toda su vida. Escipión, el suegro de Pompeyo, corrigió con una buena muerte la mala opinión que hasta entonces se había tenido sobre él.[19] Le preguntaron a Epaminondas a quién de los tres apreciaba más, a Cabrias, a Ifícrates o a él mismo: «Es preciso vernos morir», dijo, «antes de poder determinarlo».[20] En verdad, le restaríamos mucho si lo tasáramos sin el honor y la grandeza de su fin. Dios lo ha decidido a su antojo, pero, en mis tiempos, las tres personas más execrables que he conocido en toda abominación de vida, y las más infames, han tenido muertes ordenadas y compuestas, en todos los detalles, hasta la perfección. c | Hay muertes valerosas y afortunadas. Le he visto quebrar el hilo de una carrera de extraordinario ascenso, y en la flor del crecimiento, con un final tan magnífico que, a mi juicio, sus ambiciosos y valientes propósitos se quedaban cortos ante lo que fue su interrupción. Llegó, sin ir, donde pretendía, con mayor grandeza y gloria de las que comportaban su deseo y esperanza. Y superó con su caída el poder y el nombre a los que aspiraba con su carrera.[21] b | Al juzgar una vida ajena, miro siempre cómo ha sido el final; y uno de los principales afanes de la mía es que éste me vaya bien, es decir, plácida y sordamente.[22]