Los ensayos

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a | Acaso ocurre que, como suele decirse, la tardanza vale la pena. Yo nací entre las once y el mediodía del último día de febrero de 1533, según la manera de contar actual, empezando el año en enero.[25] Hace sólo exactamente quince días he cumplido treinta y nueve años; me quedan por lo menos otros tantos;[26] entretanto, agobiarse con el pensamiento de una cosa tan lejana sería una locura. Pero, ¡en fin!, jóvenes y viejos abandonan la vida en la misma condición. c | Nadie sale de ella de otro modo que como si entrara ahora mismo.[27] a | Además, no hay hombre tan decrépito que, mientras vea a Matusalén por delante, no piense que todavía le quedan veinte años en el cuerpo.[28] Y también, pobre loco como eres, ¿quién te ha fijado los términos de tu vida? Te fundas en las cuentas de los médicos. Mira más bien el hecho y la experiencia. Según el curso ordinario de las cosas, vives desde hace mucho por favor extraordinario. Has rebasado los términos habituales de la vida. Y, como prueba de que es así, cuenta entre tus conocidos cuántos han muerto antes de tu edad: más de los que la han alcanzado; e incluso entre los que han ennoblecido su vida con renombre, haz un registro, y apostaré que son más los que han muerto antes que los que han muerto después de los treinta y cinco años. Es muy razonable y muy piadoso tomar ejemplo aun de la humanidad de Jesucristo: ahora bien, acabó su vida a los treinta y tres años. El hombre más grande entre los simplemente hombres, Alejandro, murió también en ese plazo.


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