Los ensayos
Los ensayos c | Quienes en nuestros tiempos sólo han tenido en cuenta, al fijar el deber del prÃncipe, el bien de sus intereses, y han preferido éste a la preocupación por su lealtad y conciencia,[91] dirÃan algo válido a un prÃncipe cuya fortuna hubiese reducido tanto sus intereses que por siempre jamás pudiera asegurarlos con un solo incumplimiento y una sola vulneración de la palabra dada. Pero no sucede asÃ. Se recae con frecuencia en situaciones semejantes; se negocia más de una paz, más de un tratado a lo largo de la vida. El beneficio los incita a la primera deslealtad —y casi siempre se presenta alguno, como en todas las demás maldades; sacrilegios, asesinatos, rebeliones y traiciones se llevan a cabo por alguna suerte de provecho—. Pero este primer beneficio acarrea después infinitos daños, pues excluye al prÃncipe de todo trato y de todo medio de negociación debido al ejemplo de tal infidelidad. Solimán, de la estirpe otomana, estirpe poco preocupada por la observancia de promesas y pactos, siendo yo niño, llevó su ejército hasta Otrante. Pues bien, cuando supo que Mercurio de Gattinara y los habitantes de Castro eran retenidos como prisioneros una vez rendida la plaza, en contra de lo que sus hombres habÃan acordado con ellos, ordenó que los soltaran. TenÃa entre manos otras grandes empresas en esa región, y la deslealtad, aunque presentara cierta apariencia de utilidad momentánea, le acarrearÃa en el futuro un descrédito y una desconfianza infinitamente perjudiciales.[92]