Los ensayos

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Decía Marco Antonio que la grandeza del pueblo romano no se demostraba tanto por lo que cogía cuanto por lo que daba.[6] a | Sin embargo, algún siglo antes de Antonio, había depuesto a uno, entre otros, con una autoridad tan extraordinaria que, en toda su historia, no conozco prueba alguna que eleve más la fama de su prestigio. Antíoco poseía Egipto entero y trataba de conquistar Chipre y otros restos de su imperio. En pleno curso de sus victorias, le alcanzó G. Popilio de parte del Senado, y, al abordarlo, rehusó darle la mano hasta que no hubiese leído las cartas que le llevaba. El rey las leyó y dijo que reflexionaría sobre ellas. Popilio dibujó un círculo con su bastón en el sitio donde estaba, diciéndole: «Dame una respuesta que pueda transmitir al Senado antes de que salgas de este círculo». Antíaco, asombrado por la rudeza de una orden tan apremiante, tras pensárselo un poco, le respondió: «Haré lo que el Senado me ordena». Entonces Popilio le saludó como amigo del pueblo romano. ¡Renunciar a tamaña monarquía, y al curso de una prosperidad tan feliz, por la impresión de tres trazos de escritura! Hizo bien, ciertamente, como hizo bien cuando después envió a sus embajadores a decir al Senado que había recibido su mandato con el mismo respeto que si procediera de los dioses inmortales.[7] b | Todos los reinos que Augusto adquirió por derecho de guerra, los devolvió a quienes los habían perdido, o los regaló a extranjeros.


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