Los ensayos

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Las materias hermosas se adaptan al lugar donde las esparcimos. Yo, que me cuido más de la importancia y utilidad de los discursos que de su orden y continuidad, no debo temer incluir aquí, un poco aparte, una historia bellísima. Cuando son tan ricas por su propia belleza y pueden sostenerse suficientemente por sí mismas, me basta con la punta de un pelo para añadirlas a mi asunto. Entre los condenados por Filipo, hubo un tal Heródico, príncipe de los tesalios. Tras él, también hizo morir después a sus dos yernos, que dejaron cada uno un hijo muy pequeño. Teoxena y Arco eran las dos viudas. Nadie pudo inducir a Teoxena a volverse a casar, aunque tenía muchos pretendientes. Arco se casó con Poris, el primero de los enios, y tuvo con él numerosos hijos, que dejó a una corta edad. Teoxena, movida por un amor maternal hacia sus sobrinos, se casó con Poris para encargarse de ellos y protegerlos. En ésas llega la proclamación del edicto del rey. La valiente madre, recelosa de la crueldad de Filipo y de la licencia de sus esbirros hacia esos bellos y tiernos jóvenes, se atrevió a decir que antes que entregarlos los mataría con sus propias manos. Poris, asustado por tal declaración, le prometió esconderlos y llevárselos a Atenas para ponerlos bajo la custodia de ciertos fieles huéspedes suyos. Aprovechan la ocasión de una fiesta anual que se celebraba en Enia en honor de Eneas, y parten. Tras asistir de día a las ceremonias y al banquete público, de noche se escabullen a un barco dispuesto para hacer el trayecto por mar. El viento les fue desfavorable; al día siguiente, estaban a la vista de la tierra de donde habían zarpado, de suerte que les siguieron los guardias de los puertos. Cuando los alcanzaron, mientras Poris se afanaba en apresurar a los marineros para la huida, Teoxena, enloquecida de amor y venganza, retomó su primer propósito; dispuso armas y veneno, los presentó a su vista y les dijo: «Ahora, vamos, hijos míos, la muerte es ya el único medio para defenderos y ser libres, y será materia para que los dioses ejerzan su santa justicia. Estas espadas desenvainadas y estas copas llenas os abren su entrada. ¡Ánimo! Y tú, hijo mío, que eres el mayor, empuña el hierro para morir con la muerte más valerosa». Con una consejera tan vigorosa a un lado y los enemigos al otro a punto de saltarles al cuello, se precipitaron furiosamente cada uno sobre lo que tenía más a mano; y, medio muertos, fueron arrojados al mar. Teoxena, orgullosa por haber resuelto con tanta gloria la seguridad de todos sus hijos, abrazó calurosamente a su marido y le dijo: «Sigamos a esos niños, amigo mío, y gocemos de la misma sepultura que ellos». Y, sin dejar de abrazarse, se lanzaron, de suerte que el barco fue devuelto a la costa vacío de sus dueños.[35]


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