Los ensayos
Los ensayos Hace unos siete u ocho años que, a dos leguas de aquí, un hombre de pueblo, que todavía vive, con la cabeza desde hacía mucho deshecha por los celos de su esposa, al regresar un día del trabajo y darle ella la bienvenida con sus gritos de costumbre, cayó en una furia tal que, al instante, con la hoz que llevaba aún en las manos, se segó limpiamente los órganos que le producían tal fiebre a la mujer y se los arrojó a la cara. Y se dice que uno de nuestros jóvenes gentilhombres, enamorado y vigoroso, tras conseguir por fin ablandar con su perseverancia el corazón de una bella amada, desesperado porque, en el momento de la carga, se había visto él mismo blando y desfallecido, y porque
non uiriliter
iners senile penis extulerat caput,[9]
[carente de virilidad, inerte, su pene no
había levantado más que una cabeza senil],
se privó de él tan pronto como regresó a casa, y se lo envió, cruel y sangrante víctima, como purgación de su ofensa.[10] Si lo hubiese hecho por razonamiento y religión, como los sacerdotes de Cibeles, ¿qué no diríamos de tan encumbrada empresa?[11]