Los ensayos
Los ensayos b | La piedra de toque de un buen matrimonio, y su verdadera prueba, concierne al tiempo que dura la asociación: si ha sido constantemente benévola, leal y ventajosa. En nuestro siglo, ellas se reservan con más frecuencia el despliegue de sus buenos oficios y la vehemencia de su afecto para sus maridos fallecidos. c | Buscan al menos entonces dar testimonio de su buena voluntad. ¡TardÃo testimonio, e inoportuno! Con ello prueban más bien que no les aman sino muertos. b | La vida está llena de tumulto; la defunción, de amor y cortesÃa. Asà como los padres ocultan el afecto a sus hijos,[1] ellas, de igual manera, suelen ocultar el suyo al marido para mantener un honrado respeto. Este misterio no es de mi agrado. Por más que se arranquen los cabellos y se arañen, acudo a la confianza de una doncella y de un secretario: «¿Cómo eran?, ¿cómo ha sido su vida juntos?». Me acuerdo siempre de esta buena sentencia: «Iactantius moerent, quae minus dolent»[2] [Lloran con más alarde quienes menos dolor sienten]. Su lloriqueo es odioso para los vivos y vano para los muertos. PermitirÃamos de buena gana que se rÃan después con tal que nos rÃan mientras estamos vivos. c | ¿No es para resucitar de irritación que quien me escupió en la nariz cuando estaba, venga a frotarme los pies cuando ya no estoy?[3] b | Si hay algún honor en llorar a los maridos, no corresponde sino a aquellas que le han reÃdo; las que han llorado en la vida, que rÃan en la muerte, por fuera como por dentro. Además, no repares en esos ojos húmedos y en esa voz lastimosa; mira la disposición, el color y el aspecto saludable de las mejillas bajo los grandes velos. Por ahà habla claro. Hay pocas cuya salud no mejore, una cualidad que no sabe mentir. Esa actitud ceremoniosa no mira tanto hacia detrás como hacia delante; es un bien adquirido más que un pago. En mi juventud, una honesta y bellÃsima dama, que vive aún, viuda de un prÃncipe, llevaba no sé qué adorno de más de lo que permiten las leyes de nuestra viudedad. A quienes se lo reprochaban, les decÃa: «Es que ya no frecuento nuevas amistades, ni tengo voluntad de volverme a casar».