Los ensayos
Los ensayos a | Plinio el Joven tenía, cerca de una casa suya en Italia, un vecino extraordinariamente atormentado por ciertas úlceras que le habían salido en las partes pudendas. Su esposa, viéndole languidecer tanto tiempo, le rogó que le permitiera mirar con calma y de cerca el estado de su enfermedad, y que ella le diría con más franqueza que nadie qué le cabía esperar. Tras persuadirlo y examinarlo con suma atención, le pareció que era imposible que pudiera curarse, y que todo lo que le cabía esperar era arrastrar por mucho tiempo una vida dolorosa y languideciente. Además, le aconsejó, como remedio más seguro y supremo, que se quitara la vida; y como lo encontró un poco flojo para una empresa tan ardua, le dijo: «No pienses, amigo mío, que los dolores que te veo sufrir no me afecten tanto como a ti, y que, para librarme de ellos, no me quiera servir yo misma de la medicina que te prescribo. Te quiero acompañar en la curación como lo he hecho en la enfermedad. Deshazte del temor, y piensa que no tendremos sino placer en el tránsito que nos debe librar de tales tormentos. Partiremos felizmente juntos». Dicho esto, y una vez reforzado el valor de su marido, decidió que se arrojarían al mar por una ventana de su casa que daba a él. Y para mantener hasta el fin el leal y vehemente afecto con el que le había abrazado en vida, quiso también que muriera en sus brazos; pero, por miedo a que le fallaran, y a que la presión de sus abrazos se aflojara por la caída y el temor, se hizo atar y ligar muy estrechamente con él, por el medio del cuerpo, y abandonó así su vida para reposo de la de su marido.[4]