Los ensayos
Los ensayos En la última pareja, hay otra cosa digna de consideración: que Paulina ofrece de buen grado renunciar a la vida por amor a su marido, y que su marido en otro tiempo había renunciado también a la muerte por amor a ella. Para nosotros no hay mucho equilibrio en este intercambio; pero, con arreglo a su talante estoico, creo que él pensaba haber hecho tanto por ella, alargando su vida en su beneficio, como si hubiera muerto por ella. En una de las cartas que escribe a Lucilio, tras darle a entender que, al sufrir un acceso de fiebre en Roma, se subió de inmediato a un carruaje para irse a una casa de campo, en contra de la opinión de su esposa, que le quería detener, y que él le había respondido que la fiebre que padecía no era fiebre del cuerpo sino del lugar, sigue así: «Me dejó ir, encareciéndome mucho mi salud. Pero yo, sabedor de que albergo su vida en la mía, empiezo a proveer por mí para proveer por ella. El privilegio que la vejez me había concedido, de volverme más firme y más resuelto para muchas cosas, lo pierdo al recordar que en este anciano hay una joven a la cual soy útil. Ya que no puedo forzarla a amarme más valerosamente, ella me fuerza a amarme a mí mismo con mayor cuidado. En efecto, debe concederse alguna cosa a los afectos honestos, y a veces, aunque los motivos nos inciten a lo contrario, debe recobrarse la vida, aun con tormento; debe retenerse el alma entre los dientes,[15] puesto que la ley de la vida, para la gente de bien, no es vivir el tiempo que les place, sino el que deben. Aquel que no estima tanto a su mujer o a su amigo como para prolongar su vida, y se obstina en morir, es delicado y blando en exceso. El alma debe ordenarse esto cuando la utilidad de los nuestros lo requiera; a veces tenemos que ofrecernos a nuestros amigos, y, aunque querríamos morir por nosotros, interrumpir nuestro propósito por ellos. Demuestra grandeza de ánimo volver a la vida en consideración a otros, como lo han hecho muchos excelentes personajes; y es un rasgo de singular bondad conservar la vejez —cuya mayor ventaja es el descuido de su duración, y un más valiente y desdeñoso uso de la vida— si se siente que esta obligación resulta dulce, agradable y provechosa para alguien muy querido. Y la recompensa que se recibe es muy grata, pues ¿qué hay más dulce que ser tan querido por la esposa que en atención a ella uno llegue a quererse más a sí mismo? Así pues, mi Paulina me ha cargado no sólo con su temor, sino también con el mío. No me ha bastado considerar con qué resolución podría yo morir, sino que he considerado también con qué irresolución podría ella afrontarlo. Me he forzado a vivir, y vivir es a veces magnanimidad». Éstas son sus palabras, c | excelentes como es habitual en él.[16]