Los ensayos

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He envejecido siete u ocho años desde que empecé;[2] no ha sido sin alguna nueva adquisición. Gracias a la generosidad de los años, he trabado intimidad con el cólico.[3] El trato y la larga convivencia con ellos no suelen transcurrir sin reportar algún fruto así. Me habría gustado que, entre los otros numerosos regalos que pueden hacer a quienes les frecuentan mucho tiempo, hubieran escogido alguno que me resultase más aceptable. Porque no habrían podido hacerme otro que me causara más horror desde mi niñez. Ésta era precisamente, entre todas las adversidades de la vejez, la que yo más temía. Para mis adentros había pensado muchas veces que llegaba demasiado lejos, y que, al seguir un camino tan largo, al final no dejaría de tener algún encuentro ingrato. Advertía y proclamaba de sobra que era el momento de partir, y que había que cortar la vida por lo sano y por el medio, de acuerdo con la regla de los cirujanos cuando han de amputar algún miembro. c | Que si alguien no la rendía a tiempo, la naturaleza acostumbraba a hacerle pagar fortísimos intereses.[4] a | Faltaba tanto para que estuviera entonces dispuesto, que en los dieciocho meses, poco más o menos, que hace que me hallo en esta ingrata situación, he aprendido ya a acomodarme. Me presto a un compromiso con la vida colicosa; encuentro con qué consolarme y qué esperar. ¡Tan sujetos están los hombres a su miserable ser que aceptan cualquier condición, por dura que sea, con tal de persistir! c | Oigamos a Mecenas:


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