Los ensayos
Los ensayos Los hombres cuya compañía y familiaridad persigo son aquellos a los que llaman hombres honestos y capaces. Su imagen me hace perder el interés por los demás. Es, si se entiende bien, la más rara de nuestras formas, y una forma que se debe ante todo a la naturaleza. El fin de esta relación es simplemente la intimidad, el trato y la discusión: el ejercicio de las almas, sin más fruto.[28] En nuestras conversaciones, me da lo mismo cuál sea el asunto; no me importa que no haya gravedad ni hondura. Nunca faltan la gracia y la pertinencia; todo está teñido de un juicio maduro y firme, y mezclado de bondad, de franqueza, de alegría y de amistad. Nuestro espíritu exhibe su belleza y su fuerza no sólo a propósito de las sustituciones[29] y en los asuntos de los reyes; la exhibe igual en las charlas privadas. Conozco a mi gente aun en el silencio y en la sonrisa, y los descubro quizá mejor en la mesa que en el consejo. Hipómaco decía con razón que conocía a los buenos luchadores nada más verlos andar por la calle.[30] Si a la doctrina le place intervenir en nuestras charlas, no la rehusaremos. No magistral, imperiosa e importuna como de costumbre, sino ella misma sufragánea y dócil. No pretendemos otra cosa que pasar el tiempo; cuando sea el momento de ser instruidos y predicados, iremos a encontrarla en su trono. Que se rebaje a nosotros por una vez, si así le place. En efecto, por muy útil y deseable que sea, doy por supuesto que, en caso de necesidad, incluso podríamos arreglárnoslas del todo, y hacer lo que nos conviene, sin ella. Un alma bien nacida y ejercitada en el trato con los hombres deviene plenamente agradable por sí misma. El arte no es otra cosa que el examen y el registro de las manifestaciones de tales almas.