Los ensayos
Los ensayos Por más que el despecho y la indiscreción de algunos puedan hacerles decir, por su excesivo descontento, la virtud y la verdad recuperan siempre su ventaja. He visto mujeres cuya reputación ha estado mucho tiempo dañada de manera injusta, que han recobrado la aprobación universal de los hombres por su sola firmeza, sin esfuerzo ni artificio. Todo el mundo se arrepiente y se desdice de lo que había creído. De ser muchachas un poco sospechosas, han pasado a ocupar el primer rango entre las damas honorables. Alguien le dijo a Platón: «Todo el mundo habla mal de ti». «Déjales decir», replicó; «viviré de manera que les haré cambiar de lenguaje».[131] Además del temor a Dios, y del premio de una gloria tan singular, que deben incitarlas a preservar su integridad, la corrupción de este siglo las fuerza a ello. Y, si estuviera en su lugar, yo haría cualquier cosa antes que confiar mi reputación a manos tan peligrosas. En mis tiempos, el placer del relato —placer que apenas cede en dulzura al del hecho mismo— no estaba permitido sino a quienes tenían algún amigo fiel y único; ahora, las conversaciones habituales de los grupos y de las mesas son las jactancias por los favores recibidos, y la secreta generosidad de las damas. En verdad, es excesiva la abyección y bajeza de ánimo de dejar perseguir, manejar y destruir tan cruelmente esas tiernas y delicadas dulzuras a personas ingratas, indiscretas y tan volubles.