Los ensayos
Los ensayos c | ¿Cómo podrá saciar unos deseos que crecen a medida que se satisfacen? Quien piensa en recibir, ya no piensa en lo que ha recibido. Nada es tan propio de la codicia como la ingratitud.[29] El ejemplo de Ciro no se acomodará mal aquÃ. Será como una piedra de toque que servirá a los reyes de estos tiempos para reconocer si sus dones están bien o mal empleados, y que les mostrará cómo este emperador los otorgaba con más acierto que ellos. Éste es el motivo por el que, después, se ven en la obligación de tomar prestado de súbditos desconocidos, y más bien de aquellos a quienes han perjudicado que de aquellos a quienes han favorecido; y las ayudas que reciben no tienen de gratuito sino el nombre.[30] Creso le reprochaba su esplendidez, y calculaba a cuánto se elevarÃa su tesoro de haber sido menos dadivoso. Él deseó justificar su generosidad y envió cartas desde todas partes a los grandes de su Estado a los que habÃa favorecido de manera particular, rogándoles a todos que le ayudaran con todo el dinero posible, a causa de una necesidad, y que se lo mandaran por declaración. Le llegaron todas las minutas. Todos sus amigos estimaban que no era suficiente ofrecerle sólo lo mismo que habÃan recibido de su munificencia, y añadÃan mucho de su caudal propio, de suerte que la suma resultante ascendió a una cantidad muy superior al ahorro de Creso. Al respecto le dijo Ciro: «No amo las riquezas menos que los demás prÃncipes, y más bien soy más parco con ellas. Puedes ver con qué poco gasto he adquirido el tesoro inestimable de tantos amigos; y cómo son para mà tesoreros más fieles que lo serÃan mercenarios sin gratitud ni afecto; y hasta qué punto mi fortuna está asà más a salvo que metida en cofres que atraerÃan hacia mà el odio, la envidia y el desprecio de los demás prÃncipes».[31]