Los ensayos

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He considerado sobre todo su juicio, y no siempre lo he aclarado por entero. Como esas palabras de la carta que Tiberio, viejo y enfermo, envió al senado: «¿Qué debo escribiros, señores, o cómo debo escribiros, o qué no debo escribiros en este momento? Que los dioses y las diosas me hagan perecer peor de lo que siento que muero todos los días, si lo sé». No veo por qué las atribuye con tanta seguridad a un remordimiento hiriente que atormentara la conciencia de Tiberio.[67] Al menos, cuando lo leía, no lo vi. También me ha parecido un poco cobarde que, tras tener que decir que había desempeñado cierta honorable magistratura en Roma, aduzca no haberlo dicho con ostentación.[68] Me parece un gesto de medio pelo para un alma de su clase. En efecto, no atreverse a hablar abiertamente de uno mismo delata cierta falta de ánimo. Un juicio vigoroso y elevado, y que juzgue de forma sana y segura, utiliza a manos llenas los ejemplos propios, igual que si se tratara de una cosa ajena; y da testimonio abiertamente de sí mismo como de un tercero. Hay que pasar por alto estas reglas populares de la cortesía en favor de la verdad y de la libertad. c | Yo me atrevo no sólo a hablar de mí, sino a hablar solamente de mí. Me extravío cuando escribo de otra cosa y me alejo de mi asunto. No me amo de manera tan insensata ni estoy tan apegado ni unido a mí mismo que no me pueda distinguir y considerar aparte: como un vecino, como un árbol. Tan erróneo es no ver hasta dónde llega la propia valía como decir más de lo que se ve.[69] Le debemos más amor a Dios que a nosotros, y le conocemos menos, y, sin embargo, hablamos de Él a nuestro antojo.[70]


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