Los ensayos
Los ensayos En adelante —pues a Dios gracias hasta ahora no ha hecho falta—, al contrario que los demás, que buscan el tiempo y la ocasión de pensar en lo que deben decir, deberé evitar prepararme, no sea que me sujete a alguna obligación de la que tenga que depender. La sujeción y la obligación me extravÃan, y la dependencia de un instrumento tan endeble como es mi memoria.
Nunca leo la siguiente historia sin ofenderme con un sentimiento propio y natural. Lincestes, acusado de conjuración contra Alejandro, el dÃa que fue llevado ante el ejército, siguiendo la costumbre, para que su defensa fuese oÃda, tenÃa en la cabeza un discurso estudiado, del cual, titubeante y tartamudeando, pronunció algunas palabras. Como se turbaba cada vez más, mientras pugnaba con su memoria y volvÃa a tantearla, los soldados que tenÃa más cerca, dándole por convicto, lo atacaron y mataron a golpes de pica.[74] Su aturdimiento y su silencio les valió como confesión. Puesto que habÃa tenido tanto tiempo para prepararse en la cárcel, a su entender no era ya la memoria lo que le fallaba; era la conciencia la que le retenÃa la lengua y le privaba de fuerza. ¡En verdad está bien dicho! El lugar aturde, los presentes, la expectación, incluso cuando no está en juego sino la ambición de hablar bien. ¿Qué puede uno hacer cuando se trata de un discurso del que depende la vida?