Los ensayos

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a | Es sabido que se les reprocha aún a dos grandes personajes, Octavio y Catón, haber dejado que su patria cayera en las situaciones más extremas, durante las guerras civiles de Sila, el uno, y de César, el otro, en vez de auxiliarla a expensas de las leyes y en vez de cambiar alguna cosa.[85] Porque lo cierto es que en una extrema necesidad en la cual no cabe ya ofrecer resistencia, sería tal vez más sensato bajar la cabeza y ceder un poco al golpe, en lugar de, obstinándose más allá de lo posible en no transigir en nada, dar ocasión a la violencia de pisotearlo todo; y más valdría hacer que las leyes quieran lo que pueden, en vista de que no pueden lo que quieren.[86] Así lo hizo quien ordenó que durmiesen veinticuatro horas,[87] y quien cambió por una vez un día del calendario,[88] y aquel otro que convirtió el mes de junio en un segundo mayo.[89] Hasta los lacedemonios, observantes tan escrupulosos de las ordenanzas de su país, apremiados por una ley que prohibía elegir dos veces almirante a un mismo personaje, y precisando, por otra parte, con absoluta necesidad a causa de sus asuntos que Lisandro asumiera de inmediato esa función, nombraron almirante a un tal Araco, pero hicieron a Lisandro superintendente de la marina.[90] Y mostró la misma sutileza uno de sus embajadores cuando lo enviaron a los atenienses para obtener el cambio de cierta ordenanza. Al alegar Pericles que estaba prohibido quitar la tablilla donde una ley figuraba una vez promulgada, le aconsejó que se limitase a girarla, porque eso no estaba prohibido.[91] Es lo que Plutarco alaba en Filopemen: que, nacido para mandar, sabía no sólo mandar según las leyes, sino a las leyes mismas cuando la necesidad pública lo requería.[92]


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