Los ensayos

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Durante la estancia del emperador Augusto en la Galia, recibió aviso cierto de la conjuración que L. Cinna tramaba contra él.[3] Decidió vengarse, y a tal efecto convocó para el día siguiente a sus amigos a consejo. Pero entremedias pasó la noche muy inquieto pensando que había de mandar a la muerte a un joven de buena familia y descendiente del gran Pompeyo. Y, lamentándose, desplegaba muchos razonamientos distintos: «¿Y qué entonces?», decía, «¿se comentará que estoy atemorizado y alarmado, y que dejo mientras tanto a mi asesino pasear a sus anchas? ¿Quedará libre pese a pretender mi cabeza, que he salvado de tantas guerras civiles, de tantas batallas por mar y tierra? ¿Y después que he establecido la paz universal del mundo, éste será absuelto pese a haber decidido no ya matarme sino sacrificarme?». Se habían conjurado, en efecto, para matarlo mientras realizaba un sacrificio. Un rato después, tras guardar silencio cierto espacio de tiempo, empezaba de nuevo con voz más fuerte y la tomaba consigo mismo: «¿Por qué vives si tanta gente tiene interés en que mueras? ¿Tus venganzas y crueldades no tendrán fin? ¿Merece tu vida que se cause tanto daño para conservarla?». Livia, su mujer, dándose cuenta de sus angustias, le dijo: «¿Aceptarás consejos de mujer? Haz como los médicos; cuando las recetas habituales no pueden servir, prueban las contrarias.[4] Con la severidad no has obtenido hasta ahora provecho alguno: Lépido ha sucedido a Salvidieno, Murena a Lépido, Cepión a Murena, Ignacio a Cepión. Empieza a experimentar qué resultados obtienes con la dulzura y la clemencia. Cinna es un convicto: perdónalo; a partir de ahora no podrá hacerte daño, y beneficiará tu gloria». Complació a Augusto encontrar un abogado de su mismo talante, y, tras dar las gracias a su mujer y desconvocar a sus amigos, a los que había llamado a consejo, ordenó que le trajeran a Cinna solo. Mandó que todo el mundo saliese de la cámara y que dieran asiento a Cinna; entonces le habló de esta manera: «En primer lugar, te pido, Cinna, una audiencia tranquila. No interrumpas mis palabras; te concederé tiempo y oportunidad para responder. Sabes, Cinna, que, pese a haberte capturado en el campo de mis enemigos —no sólo te hiciste mi enemigo: habías nacido tal—, te salvé, te entregué todos tus bienes, y finalmente hice de ti un hombre tan acomodado y rico que los vencedores envidian la condición del vencido. La dignidad del sacerdocio que me pediste, te la otorgué; la rehusé a otros cuyos padres habían luchado siempre a mi lado. Pese a deberme tanto, has pretendido matarme». Cinna exclamó entonces que estaba muy lejos de pensar en cosa tan malvada. «No cumples, Cinna, lo que me habías prometido», continuó Augusto; «me habías asegurado que no me interrumpirías: sí, has urdido mi muerte, en tal sitio, tal día, con tales compañeros y de tal manera». Y, viéndolo paralizado por estas noticias, y silencioso, ya no por cumplir el trato de callarse, sino por la opresión de su conciencia, añadió: «¿Por qué lo haces? ¿Acaso para ser emperador? A decir verdad, muy mal va el Estado si sólo yo te impido adueñarte del imperio. Ni siquiera eres capaz de defender tu casa, y hace poco un simple libertino te ganó un proceso. ¡Cómo!, ¿tus medios y poder sólo alcanzan para atentar contra el César? Me retiro si sólo yo soy un obstáculo para tus esperanzas. ¿Crees acaso que Paulo, Fabio, los Cosos y los Servilios te soportarían, y un grandísimo grupo de nobles no sólo de nombre sino de los que honran su nobleza con su virtud?». Tras añadir muchas más cosas —le habló, en efecto, más de dos horas enteras—, le dijo: «Ahora, vete, te concedo la vida, Cinna, como traidor y parricida, que en otra ocasión te concedí como enemigo: que entre nosotros comience una amistad desde el día de hoy; pongamos a prueba quién de los dos actúa de más buena fe, yo concediéndote la vida o tú recibiéndola». Y se separó de él de este modo. Poco después, le otorgó el consulado, quejándose de que no se atreviera a pedírselo. Más adelante, le tuvo por gran amigo, y le nombró heredero universal de sus bienes. Pues bien, tras este hecho, que le ocurrió a Augusto a los cuarenta años de edad, jamás se dieron conjuraciones ni atentados contra él, y obtuvo un premio justo por su clemencia. Pero no le sucedió lo mismo a nuestro hombre. En efecto, su benevolencia no pudo evitar que, después, cayera en la trampa de una traición semejante.[5] A tal punto es vana y frívola la prudencia humana, y la fortuna mantiene siempre, a través de todos nuestros proyectos, planes y precauciones, su dominio sobre los acontecimientos.[6]


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