Los ensayos

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En estas epidemias, al principio puede distinguirse a los sanos de los enfermos. Pero, cuando se prolongan, como la nuestra, todo el cuerpo se resiente, de la cabeza a los pies; ninguna parte se libra de la corrupción. Porque no hay otro aire que se inhale tan vorazmente, que se difunda y penetre, como sucede con la licencia. Nuestros ejércitos sólo se unen y mantienen gracias al cemento extranjero;[29] con franceses no puede formarse ya un cuerpo de ejército constante y regular. Es vergonzoso. No hay otra disciplina que la que nos muestran los mercenarios. Por nuestra parte, nos conducimos a discreción, y no a la del jefe, sino cada cual según la suya. Tiene más trabajo dentro que fuera.[30] Al comandante le toca seguir, cortejar y ceder, sólo a él obedecer; todo los demás son libres y disolutos. Me complace ver cuánta cobardía y pusilanimidad hay en la ambición, con cuánta abyección y servidumbre tiene que alcanzar su objetivo. Pero me desagrada ver cómo naturalezas bondadosas y capaces de justicia se corrompen todos los días en el manejo y mando de esta confusión. El padecimiento prolongado engendra la costumbre; la costumbre, el acuerdo y la imitación. Teníamos bastantes almas mal nacidas sin echar a perder las buenas y nobles. Hasta tal punto que, de continuar así, a duras penas quedará nadie a quien confiar la salud del Estado, en el supuesto de que la fortuna nos la devuelva:

Hunc saltem euerso iuuenem succurrere saeclo


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