Los ensayos

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c | El misterio empezaba a despertar mis sospechas. b | No ignoraba en qué siglo vivía, hasta qué punto mi casa podía suscitar envidia, y[132] tenía muchos ejemplos de otros conocidos que se habían visto envueltos en la misma desgracia. En cualquier caso, consideré que nada ganaba dejando de ser amable tras haber empezado siéndolo; además, no podía librarme de aquello sin romperlo todo; así que me entregué al partido más natural y más simple, como hago siempre, y ordené que entrasen. También es cierto que soy poco desconfiado y suspicaz por naturaleza. Tiendo en general a la excusa y a la interpretación más benévola. Interpreto a los hombres con arreglo al orden común, y no creo en inclinaciones perversas y desnaturalizadas si no me veo forzado por una gran prueba, como tampoco en monstruos ni milagros. Y, por lo demás, me encomiendo de buena gana a la fortuna, y me abandono con ardor entre sus brazos. Hasta el momento, he tenido más motivos de celebración que de queja por hacerlo. Y me ha parecido más sagaz, c | y más amiga de mis asuntos, b | ella que yo. Hay algunas acciones en mi vida cuya ejecución puede llamarse con justicia difícil o, si se quiere, prudente. Aun entre ellas, pongamos que la tercera parte me corresponde; sin duda, los otros dos tercios son plenamente suyos. c | Cometemos el error, me parece, de no encomendarnos lo bastante al cielo. Y pretendemos más de nuestra dirección de lo que nos corresponde. Por eso se descarrían con tanta frecuencia nuestros planes. El cielo tiene envidia[133] de la extensión que atribuimos a los derechos de la prudencia humana, en perjuicio de los suyos. Y nos los recorta en la misma medida que nosotros los ampliamos.[134]


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