Los ensayos
Los ensayos Mira este castigo; es muy suave en comparación con otros, y propio de un favor paternal. Mira su tardanza: sólo incomoda y ocupa la estación de tu vida que, en cualquier caso, ya está perdida y es estéril, tras haber permitido la licencia y los deleites de tu juventud, como por transacción. El temor y la piedad que el pueblo experimenta hacia esta enfermedad te sirve como motivo de gloria; cualidad, de la que, si bien tienes el juicio purgado y has curado tu razón, tus amigos, con todo, reconocen aún cierta tintura en tu temperamento. Es agradable oír decir de uno: «¡Vaya fuerza, vaya resistencia!». Te ven sudar por el esfuerzo, palidecer, enrojecer, temblar, vomitar hasta la sangre, sufrir contracciones y convulsiones extrañas, a veces derramar gruesas lágrimas de los ojos, verter unas orinas espesas, negras y pavorosas, o tenerlas detenidas por culpa de una piedra espinosa y erizada que te hiere y araña cruelmente el cuello de la verga, mientras charlas con los presentes con una compostura común, a ratos bufoneas con tus criados, defiendes tu punto de vista en una tensa discusión, mientras excusas de palabra tu dolor y rebajas tu sufrimiento. ¿Te acuerdas de aquella gente de tiempos pasados que perseguía los males con tanto afán para mantener su virtud en vilo y activa? Supón que la naturaleza te conduzca y te empuje hacia esa gloriosa escuela, en la cual jamás habrías entrado por propio gusto.