Los ensayos

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b | En la mesa apenas elijo, y me dedico a cualquier cosa y a la que tengo más cerca, y no me gusta cambiar de un sabor a otro. La abundancia de platos y de servicios me desagrada, como cualquier otra abundancia. No me cuesta contentarme con pocos platos; y detesto la opinión de Favorino, que dice que en un banquete han de retirarnos el plato que nos apetece y han de sustituírnoslo siempre por uno nuevo, y que es miserable la cena que no sacia a los asistentes con rabadillas de aves distintas, y que sólo el papafigo merece ser comido entero.[139] Consumo habitualmente las comidas saladas; sin embargo, prefiero el pan sin sal, y en mi casa mi panadero no sirve otro en mi mesa, en contra de la costumbre del país. Siendo niño tuvieron que corregir sobre todo mi rechazo a las cosas que se suelen preferir a esta edad: azúcares, confituras, pastas. Mi tutor se opuso a este odio de los manjares delicados como a una especie de delicadeza. Además, ésta no es otra cosa que dificultad de gusto, dondequiera que se aplique. Quien priva a un niño de cierta afición particular y obstinada al pan moreno y al lardo o al ajo, le priva de la glotonería. Los hay que se las dan de esforzados y de pacientes por abstenerse de la carne de vaca y del jamón entre perdices. Lo tienen fácil: es la delicadeza de los delicados; es el gusto de una blanda fortuna que se asquea de las cosas comunes y acostumbradas, c | per quae luxuria diuitiarum taedio ludit[140] [con las cuales se divierte el lujo por hastío de sus riquezas]. b | Dejar de darse un banquete con aquello que otro se lo da, tener un desvelo rebuscado por su tratamiento, es la esencia de este vicio:


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