Los ensayos

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b | Los que tienen la obligación de cuidarme podrían privarme fácilmente de aquello que piensan que me perjudica. En tales cosas, en efecto, nunca deseo ni echo en falta lo que no veo; pero, por otro lado, pierden el tiempo predicándome que me abstenga de lo que se ofrece. Hasta tal extremo que, cuando quiero ayunar, debo separarme de quienes están cenando y hacer que me presenten exactamente lo preciso para una comida adecuada; pues, si me siento a la mesa, olvido mi determinación. Cuando ordeno que cambien el condimento de algún manjar, mis criados saben que eso significa que ando escaso de apetito, y que no tocaré nada. Todos los que pueden tolerarlo, me gustan poco cocidos; y me gustan muy macerados, y muchos hasta la alteración del olor. Sólo la dureza me fastidia por regla general —en cuanto a las demás cualidades, no conozco a nadie tan despreocupado y sufrido—, de manera que, en contra de la inclinación común, hasta los pescados los encuentro a veces demasiado frescos y demasiado firmes. No es culpa de mis dientes, que he tenido siempre buenos hasta la excelencia, y que la edad no empieza a amenazar sino ahora. He aprendido desde la niñez a frotarlos con la servilleta por la mañana, y a la entrada y a la salida de la mesa.




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