Los ensayos
Los ensayos a | Guardamos las opiniones y la ciencia de otros, y después nada más. Es preciso que las hagamos nuestras. Somos exactamente como aquel que, necesitado de fuego, acude a casa del vecino a buscarlo, y, al encontrar allí uno hermoso y grande, se detiene a calentarse con él, sin acordarse ya de llevárselo a casa.[29] ¿De qué nos sirve tener la barriga llena de alimento si no lo digerimos, si no se transforma en nosotros, si no nos aumenta ni fortalece?[30] ¿Acaso creemos que Lúculo, al que las letras hicieron tan gran capitán y le formaron como tal, sin experiencia alguna, las había asumido a nuestra manera?[31] b | Nos dejamos ir hasta tal extremo en brazos ajenos que aniquilamos nuestras fuerzas. ¿Quiero armarme contra el temor a la muerte? Lo hago a cuenta de Séneca.[32] ¿Quiero obtener consuelo para mí o para otro? Lo tomo prestado de Cicerón.[33] Lo habría extraído de mí mismo si me hubiesen ejercitado en hacerlo. No me gusta esta capacidad relativa y mendigada.
a | Aunque pudiéramos ser doctos por un saber ajeno, al menos sabios no lo podemos ser sino por nuestra propia sabiduría:
Μισῶ σοφιστήν, ὅστις οὐχ αὐτῷ σοφός.[34]
[Aborrezco al sabio que no es sabio por sí mismo].