Los ensayos

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a | Hay en Plutarco muchos discursos extensos, muy dignos de ser conocidos, pues a mi entender es el artífice principal de tal tarea; pero hay en él otros mil que simplemente ha tocado. Se limita a señalar con el dedo por dónde hemos de ir, si lo deseamos, y se contenta a veces con hacer un solo asalto en lo más vivo de un asunto. Hay que arrancarlos de ahí y ponerlos sobre el mostrador. b | Como esa frase suya, que los habitantes de Asia eran siervos de uno solo porque no sabían pronunciar una única sílaba, esto es, «no», brindó quizá a La Boétie la materia y la ocasión de su Servidumbre voluntaria.[56] a | El hecho mismo de verle elegir una leve acción en la vida de un hombre, o una frase al parecer insignificante, vale por un discurso. Es una lástima que la gente de entendimiento ame tanto la brevedad; sin duda su reputación sale ganando, pero nosotros salimos perdiendo. Plutarco prefiere que le elogiemos por el juicio antes que por la ciencia; prefiere dejarnos con ganas de él antes que hartos. Sabía que incluso en lo bueno puede decirse demasiado, y que Alexándridas tuvo razón cuando reprochó a uno que pronunciaba ante los éforos discursos buenos pero demasiado largos: «¡Oh extranjero, dices lo que conviene de otra manera que como conviene!».[57] c | Quienes tienen el cuerpo flaco, se lo engordan con borra; quienes andan pobres de materia, la inflan con palabras.


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