Los ensayos

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En ocasiones parece que la fortuna se ríe de nosotros en el momento preciso. El señor de Estrées, por aquel entonces estandarte del señor de Vendôme, y el señor de Licques, lugarteniente de la compañía del duque de Ascot, eran ambos pretendientes de la hermana del señor de Foungueselles, aunque de partidos diferentes —como suele suceder entre los vecinos de frontera—. Venció el señor de Licques; pero el día mismo de la boda, y, lo que es peor, antes de acostarse, el novio, ansioso por romper una lanza en honor de su nueva esposa, acudió a una escaramuza cerca de Saint-Omer, donde el señor de Estrées, que resultó más fuerte, le hizo prisionero. Y, para dar realce a su victoria, fue además preciso que la damisela,

Coniugis ante coacta noui dimittere collum,

quam ueniens una atque altera rursus hiems

noctibus in longis auidum saturasset amorem,[3]

[Obligada a soltar el cuello de su nuevo esposo, antes de que la sucesión de los inviernos hubiera saciado en largas noches su ávido amor],

le pidiera en persona, por cortesía, devolverle al prisionero, como lo hizo, pues la nobleza francesa jamás rehúsa nada a una dama.[4] c | ¿No parece la suerte un artista? Constantino, hijo de Helena, fundó el imperio de Constantinopla; y, muchos siglos después, Constantino, hijo de Helena, lo terminó.[5]


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